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Buena parte del incesante y creciente flujo de turistas que llega a Japón lo hace empujado por su pasión por el manga o el anime. Y si de anime se trata, no hay duda de que Hayao Miyazaki, el gran creador de joyas cinematográficas como Nausicaa y el valle del viento, Mi vecino Totoro o la oscarizada El viaje de Chihiro es el responsable primero de la propagación de la filia por el anime en todo occidente.

Escondido en una pequeña localidad a las afueras de la todopoderosa capital, el museo de los estudios dirigidos por el gran Miyazaki se acurruca entre la maleza y algunos jardines con su arquitectura fantástica coronada, a modo de King Kong, por el robot de una de sus mejores películas, El castillo de Laputa.

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El museo, como tal, no tiene un recorrido prefijado, sino que sus limitadas dimensiones, divididas en diferentes estancias temáticas, se deja visitar libremente, sin más brújula que la que guía nuestra curiosidad. Desde habitaciones que recrean el estudio de trabajo del maestro, hasta otras dedicadas a sus últimas producciones, todas ellas ofrecen pistas claras sobre el proceso creativo de una obra de anime de la envergadura de los largometrajes de la Ghibli. Y sin duda es esta la mejor baza de un museo más coqueto que enorme, más humilde que pretencioso, más rendido al homenaje a la animación que al universo mágico de Ghibli. Muestras de escenas y de su elaborada composición, ejemplos palpables de técnicas de filmación de la animación, fotogramas por doquier y abundantes retazos de personajes, escenarios y momentos inolvidables, adornan cada rincón de los entresijos de una casa-museo deliberadamente desordenada, caótica y que fantasea con la imaginación desde sus escaleras espirales hasta los vitrales, desde los pomos de las puertas hasta las lámparas.

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Unos pocos pasos en el interior del museo y un@ ya se encuentra totalmente imbuido de la magia y la ternura de la animación de Ghibli, muy en particular en su estancia más impactante, la más cercana a la entrada del mismo, que es todo un homenaje a la animación artesanal, mostrando didácticamente las bases de la misma y la mecánica esencial de un proceso complejo y ciertamente mágico. Aunque la magia, en realidad, está condensada en la instalación giratoria que, con centenares de reproducciones en miniatura de los personajes de Mi vecino Totoro en múltiples posturas ligeramente diferentes las unas de las otras, muestra de manera palpable y evidente la magia de la animación como un servidor jamás había visto. Cíclicamente, la instalación empieza a girar y con ella todos los muñequitos y cuando una luz estroboscópica empieza a tomar cartas en el asunto, los personajes súbitamente cobran vida correteando por el escenario mientras l@s asistentes no salen de su asombro, especialmente al detenerse de nuevo el mecanismo y comprobar, sin atisbo de duda, que aquello que se movía no eran más que pequeños muñecos inanimados de plástico repartidos por un decorado inicialmente estático e inmóvil. Sencillo pero efectivo, emocionante y ilusionante.

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En otra estancia, una versión enorme del gato-bús de la misma película, de peluche, hace las delicias de l@s más pequeñ@s, que se encaraman a sus lomos afelpados mientras sus padres les observan con ganas reprimidas de subirse.

En la planta superior, una tienda convenientemente embutida de todo tipo de memorabilia remata las ilusiones de l@s visitantes, que se acaban llevando camisetas, fotogramas, tazas, juegos, imanes y postales de sus imaginarios preferidos.

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Y como cúlmen de la visita, una sesión cinematográfica de una pieza corta inédita del maestro Miyazaki, de un catálogo amplio de cortos nunca xhibida o editada en DVD, que redondea la visita del más exigente de los fans.

Es, en definitiva, un museo que sabe jugar como nadie su gran baza, la fantasía acumulada de l@s asistentes, esa ternura reprimida con el paso de los años a la que las películas de Miyazaki tan hábilmente consigue despertar, cinta tras cinta, fantasía tras fantasía.

NOTA: El Museo Ghibli limita el número de visitas por día, con lo que un@ no puede presentarse en el museo y esperar que le dejen acceder. Cada primero de mes, el museo pone a la venta las entradas disponibles para el resto del mes y estas tan sólo pueden comprarse en algunas máquinas de vending que se encuentran en las tiendas “combini” de 24 horas. Si queréis comprarlas, pedid ayuda a algún dependiente, puesto que las instrucciones están completamente en japonés.

La guerra està servida entre dos plats deliciosos, que figuren, indiscutiblement, entre els meus favorits de la cuina japonesa:

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La similituds entre ells són totes amb l’excepció del fideu que es fa servir. El fideu soba (literalment fajol, en castellà, alforfón) és un fideu prim fregit originari de la Xina, mentre que l’udon és autòcton del Japó i força més gruixut.

Ja que estem amb etimologies culinàries, anem a pams. El mot comú aquí és yaki, que significa “fregir” o “cuinar” i s’empra en aquest cas doncs els restaurants que ho serveixen te’ls cuinen davant dels teus propis ulls o, fins i tot en alguns casos, els pots fregir tu mateix en una mena de grill que et porten o que ja té incorporada la taula a la que seus.

El plat, en definitiva, consisteix en una barreja de carns (bou, pollastre, porc) i vegetals (col, ceba, pastanagues) que s’entortolliguen amb els fideus, prims o gruixuts, que els acompanyen.

Però el veritable ganxo d’aquest plat és la seva salsa. Se’n hi diu, justament, salsa Yakisoba, i està feta de soja, sucre, ketchup, salsa d’ostres, canyella i algun que altre ingredient més. Posada al damunt de la barreja el sabor és indescriptible, d’una dolçor gens embafadora i que lliga perfectament amb els fideus i les carns i vegetals.

Per si us ha picat la curiositat (o la gana), aquí us deixo una recepta.

I doncs…tu quin prefereixes? L’udon o el soba?

Feia ja dies que volia acostar-vos algun altre plat de la magnífica cuina japonesa. Avui us he “cuinat” aquest fantàstic Ebi Kakiage-don:

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De fet, com veureu, s’assembla força al plantejament culinari del Tempura-don que us vam portar fa uns dies, és a dir, un bol d’arròs (tots els plats basats en un bol d’arròs amb alguna cosa més porten la paraula “don” al nom, que significa, literalment, bol d’arròs) amb tempura per sobre. La tempura, com recordareu, son games arrebossades, però ja veieu a la foto que en aquest cas les gambes estan com lleugerament trossejades per formar una mena de capa, de crosta deliciosa pel damunt.

Un plat exquisit, un dels meus favorits. Això sí, trencar la crosteta de tempura amb els palets no és cosa fàcil, paraula! :-)

In the west coast of the old Nihon, bathed by the Sea of Japan, lie the Tojimbo cliffs. Near the island of Oshima, where the ghost of those who commited suicide here rest, these amazing rock formations can be found, completely aware of time, preserved from tourists (who find hardly interesting to get away from the big spots) and full of a powerful charm that hits you with every wave splashing against them.

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Our Hospitality Club friend, Victoria, took us there by car, and let us time to enjoy the ancient power of these cliffs. Not only she did that but she also took us for a wonderful ride along the Echizen coast, where only marvels can be seen.

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The old rocks, piled one on top of the other, seemed to stare at us, like waiting for us to show them the respect they deserve.

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Sometimes the landscape seemed to be a part of another world, very far and unexplored, with no signs of humanity at all.

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The ride Victoria gave us along the Echizen coast revealed little abandoned corners, magic places, beautiful spots that these pictures cannot really portray in their whole magnitude.

We could hardly talk, we could just mumble some words, astonished as we were, sourrounded by such an amazing landscape.

Towards the end of our journey, as the sun set, we felt renewed, as if some sort of new energy, peaceful and calm, had posessed us, absolutely concious to have been blessed by one of the most amazing landscapes we had seen so far in our trip.

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P1010153El templo Kinkaku-ji (o templo dorado) es una de las atracciones turísticas más famosas de Japón. Está situado ligeramente a las afueras de Kyoto y recibe multitud de visitantes todos los días, fundamentalmente atraidos por esa palabra mágica que convierte en reclamo turístico todo a lo que se le asocia: dorado. Parece que si algo es dorado, no importa si es un busto de una divinidad, una daga que empuñó no sé qué califa o un edificio, a l@s turistas nos parece que vale la pena verlo, aunque sea para estar frente a algo que nosotr@s no podríamos pagar. Es un poco como ir de compras sin la Visa, pero parece que el oro (o el pan de oro en este caso) ejerce un terrible e irresistible influjo sobre nosotr@s.

P1010154Hábilmente colocado en medio de un lago aderezado con arbolitos, nenúfares y pececitos de colores, este Kinkaku-ji se alza, no tan majestuosa como delicadamente, sobre esta postal hecha a medida, una de esas estampas turísticas que deben disfrutarse con la vista y nada más, pues un@ no puede acercársele, no vaya a ser que con las llaves del hotel fuéramos a rascar un poco del pan de oro que lo recubre.

No me impresionó excesivamente en su momento, pero hoy lo he recordado con mucho más cariño al observarlo desde otra perspectiva. La de un jóven que, armado con 4.500 piezas de Lego y mucha planificación, ha construido una réplica. Esto no tendría más enjundia ni interés de no ser porque el chaval no la ha construido y punto.  no quiero dar más detalles, pues el vídeo es lo suficientemente claro. Después de unos segundos mostrándonos algo que parece que no tiene el menor interés, el misterio se desvela. Ahí va el vídeo (que me ha llegado via @alt1040):

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One of the most enlightning feelings I had in Japan was the visions of the most archaic and ancient tradition merging softly with the most vibrating modernity. At least in the surface, tradition is not holding the country back, but rooting firmly its fundamentals on its way to the future.

Thus, people live in this delicate balance combinating the best of both worlds.

En Japón se practican, mayoritariamente, dos religiones, la sintoísta y la budista. La primera es la única religión cuyas raíces realmente están enterradas en Japón, mientras que el budismo, evidentemente, fue importado a través de China.

Vaya por delante mi ateísmo más profundo, con respeto pero también con firme convicción. Pero claro, si Richard Gere se ha convertido al budismo…no puede ser malo, no?

P1100160Entré en el budismo a través de sus magníficos templos, sobretodo a partir del momento en que empecé a compararlos con los sintoístas, igualmente repartidos por el territorio. La primera diferencia es la total ausencia de elementos de adoración divinos. El budismo no tiene dioses. Buda, en contra de lo que much@s creen, no es ninguna divinidad. Su figura se asemeja más a la de un filósofo que a la de un Dios. Por lo tanto, los templos budistas no contienen figuras a las que adorar o temer. Ciertamente la historia ha añadido al budismo una parte de leyenda o de fantasía, haciendo que apareciesen guardianes espirituales, pero nunca divinidades o semejantes. L@s japoneses/as muestran su respeto a Buda, un profundo respeto, seguramente similar al que le dedican l@s creyentes de cualquier otra religión a su Dios, pero aquí el respeto no espera nada a cambio, no espera perdón ni concesión de favores. Es, simplemente, respeto.

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De esta manera, a diferencia de los templos sintoístas, en los budistas no encontraremos nunca tablillas Ema o papelitos de esos que se cuelgan para pedir deseos. No hay a quien pedírselos, Buda no obra milagros y tampoco hay santos a l@s que rogar.

El camino del budismo no pasa por otra cosa que no sea la iluminación que un@ mism@ puede encontrar mediante la meditación. Nadie te impone nada, ningún rito; nadie va a decirte lo que tienes que hacer para llegar a esa iluminación, ningún libro te dará las claves. Debe ser un@ mism@ el/la que encuentre y transite por el camino de la iluminación.

Para alcanzar ese camino, además de a través de la meditación, el budismo propone caminar el “camino medio”, que es aquel que se aparta de los extremos, siendo estos las excesivas autoindulgencia y automortificación. Busca pues no regocijarse en exceso de las bondades de un@ mismo para no creerse lo que no se es (superior a l@s demás) ni tampoco dejarse amilanar por la falsa percepción de inferioridad. Ese es el camino medio, el que ha de llevar al viajero a la iluminación.

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El budismo busca pues, fundamentalmente, el cese del sufrimiento personal. Ese cese, al que se accede pues por meditación profunda y duradera, es lo que se llama Nirvana. Una vez llegado a él, la persona pasa a tener una comprensión y compasión absoluta por toda la humanidad, viéndolo todo ahora desde un punto de vista distinto, exento de sufrimiento.

Lo realmente atrayente del budismo, a ojos de un ateo, es, precisamente esa especie de racionalidad espiritual. No hay nada increíble en su discurso, pero si una cierta mística de lo común, del intelecto y de las emociones. Personalmente, lo que me aleja de las religiones (particularmente de la católica) suele ser su veneración a figuras en las que no creo y al mismo tiempo la parafernalia litúrgica, con sus obligaciones, sus miedos y sus tradiciones. En el budismo, sin embargo, la libertad personal planea por encima de todo y la falta de imposiciones “de facto” facilitan la comprensión del mismo por parte de aquellos que, sintiéndose espirituales, no se sienten cercanos a ninguna religión.

Pero por encima de todo, lo que me acerca a esta religión es el hecho de saber que sus preceptos están en sintonía con la idea de que nuestra felicidad individual está en nuestras propias manos -mediante trabajo, esfuerzo, meditación- y no en las de alguna divinidad imaginaria que debe esforzarse por salvarnos.

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Fa molts i molts anys, en l’antic japó dels samurais, la capital era també Tòquio, tot i que el seu nom llavors era Edo. Les distàncies, llavors, eren més llargues i tortuoses, tant pels mercaders que anaven de poble en poble com dels carters que repartien les missives.  Aquests últims, sovint, havien de caminar durant molts dies per arribar des de la capital fins a racons remots de l’illa que és Japó. Per a ells va ser dibuixat aquesta ruta que unia la capital amb les poblacions de l’interior, a milers de quilòmetres.

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Aquesta ruta, amb el pas del temps, s’ha desdibuixat completament. Tan sols un parell de pobles veins, Tsumago i Magome, decidiren ara fa uns anys, reviure’l, restaurant-lo i permetent als viatgers conèixer i experimentar, de primera mà, la ruta postal de segles pretèrits.

En el procés, els dos pobles van esforçar-se en ‘netejar’ el camí de qualsevol signe de modernitat, ja fossin pals de telèfon o electricitat, edificis recents, papereres, etc.

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El resultat és una ruta d’uns 9 kilòmetres que serpenteja per entre muntanyes, boscos i rius per enllaçar ambdós pobles i, alhora, dues èpoques. Una, la tradicional, que s’entesta a sobreviure, i una altra, la moderna, que s’imposa a cop de neó.

No importa que guía consultes, que enciclopedia hojees, que expert@ interrogues sobre la cuestión de las geishas, la respuesta siempre es la misma: ‘las geishas no son prostitutas’.

Pontocho, en Gion (Kyoto)Se lee, se comenta, se insiste en dejar claro que son tan solo mujeres (más niñas que mujeres) que están entrenadas para entretener a los hombres con sus múltiples habilidades, que incluyen tocar el koto (no penséis mal, es un instrumento musical), dar conversación, hacer bailes con abanicos y varios espectáculos más en la línea de la tradición japonesa.
Como digo, eso es lo que se lee y se comenta. Pero acercarse al mítico barrio de Gion en Kyoto, reducto nacional de ‘casas de té’ -lugares donde las geishas entretienen a los hombres-, más concretamente a la estrecha y sinuosa calle de Pontocho desmiente ligeramente lo estipulado en los libros de texto.

Nos encontramos, al pasar por delante de una de esas casas de té con un señor mayorcete, todo trajeado que, saliendo de uno de esos locales y con evidentes problemas de equilibrio y tembleque de voz nos tosió algunas palabras en inglés preguntándonos, alegremente, de dónde éramos. Fuimos tan vivaces, tan dicharacher@s, tan locuaces al contestarle “From Barcelona” (su flagrante estado de embriaguez nos invitaba a ser concisos y hablar sobre nuestros pasos), tan simpátic@s estuvimos, que el hombre, cogiéndonos alarmantemente de la mano, nos invitó a conocer a las ‘bellezas’ que le acompañaban, que no eran otra cosa que geishas. Dos de ellas, adultas, Maiko en Pontocho, Gion (Kyoto)estaban muy cerca del caballero, ya pisando los adoquines con sus zapatos de madera y sus calcetines separa-dedos, mientras que una tercera a penas se asomaba tímidamente por la puerta del garito.  Como que las geishas mayores debían ser las que más le ponían al señor, se las guardó para él, convidándonos, eso sí, a conocer a la más joven más de cerca e incluso a posar con ella para alguna foto memorable. La joven, ya echada a la calle, mostró su espléndido atuendo, maquillaje blanquezino y kimono florido incluidos, consciente de la admiración que despertaba y perfectamente dispuesta a dejarse fotografiar para la posteridad.
En pocos segundos, otros turistas se agolparon alrededor de la escena, haciéndonos fotos y probablemente deseando que yo desapareciera del lado de tan exótica e inhabitual aparición. Son pocas, poquísimas las ocasiones en que unos burdos gaijins (extranjeros, no japoneses) tienen la oportunidad de presenciar en vivo la aparición de unas geishas, y ellas, por muy jóvenes que sean, lo saben y gustan de recrearse en ello.

Terminado el show, el caballerete desapareció por un callejón con sus dos geishas colgando de sus dos brazos -o tal vez sosteniéndose en ellas- mientras la joven cerraba la portezuela refugiándose en el interior de las miradas indiscretas.

Un gaijin y una maiko

Descubrimos más tarde, documentándonos sobre lo sucedido, que la más joven no era exactamente una geisha, sino una maiko, es decir, una aprendiz de geisha. Parece ser que hacen falta muchos años de duro estudio para llegar a dominar las artes de las geishas (algo así como una Formación Profesional de la rama de las Geishas). Las dos que acompañaban al caballero eran, sin duda, geishas ya con todas las de la ley, pero esta vestía y se maquillaba con los códigos de una maiko.

Los libros podrán decir misa, pero en un país en el que la prostitución está prohibida lo que vimos nos olió a coartada tradicionalista para encubrir el oficio más antiguo del mundo. La cara del señor, con su mirada vidriosa y su tambaleo errante, no era precisamente del tipo ‘madre mía, qué contento estoy, que estas dos señoras me van a dar conversación hasta altas horas de la madrugada’. Que a las llamadas ‘casas de té’ no se permita la entrada a gaijines y que éstas estén concentradas en una parte muy concreta y limitada de una ciudad enorme como Kyoto no parecen querer desmentir el mito.

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Al bell mig d’un tupid bosc, rodejat de natura, es descobreix el majestuós temple budista d’Eiheiji on els monjos mediten i els més joves aprenen a convertir-se en monjos. Tota la pau que sempre has imaginat, tota la relaxació possible, es troba en un temple com aquest.

Els intrèpids fins i tot poden apuntar-se a passar-hi unes jornades, convivint amb els monjos i participant de la vida del temple, això sí, sense concessions, llevant-se a les 5 del matí per meditar, ajudant a mantenir el temple i, en definitiva, acostant-se al Nirvana.